16 de junio, 2021

Diálogos

El canon accidental

Con motivo de la salida de su monumental «Discografía personal del jazz (1920-2011)», Carlos Sampayo aceptó recibir por mail algunas preguntas. Como era de esperar, las devolvió casi todas tachadas. Porque a Sampayo hay que leerlo, no sólo en los guiones de las historietas, también en sus grandes novelas y cuentos, en las muchas reseñas para enciclopedias musicales y, sobre todo, en esas memorias imprescindibles donde dejó en claro, de una vez y para siempre, que la mejor música es la que nos roba el cuerpo y el alma.

El canon accidental

Intro

Lo importante es el ritmo. Una viñeta. Luego otra. Y después otra. En el jazz, como en la historieta, –dentro de la página o en el interior de una composición– cada elemento suena y se expresa de manera diversa. En un trío clásico de jazz –piano, contrabajo y batería–, no sólo cada instrumento sonará, por supuesto, diferente, sino que cada cual hará cosas distintas. También en la historieta cada página puede parecer igual a la anterior en formato, tinta, colores, diseño, incluso cuando de la repetición se hace todo un estilo: el sonoro «tump-tump» en el Corazón delator y el mortal «rojo» en La gallina degollada adaptados por Breccia, el banquete final en cada aventura de Asterix, los ladrillazos idénticos y siempre a la cabeza en Krazy Kat). Pero jamás, ningún cuadrito es igual a otro. Como en el jazz, donde un solo de instrumento siempre será, aunque se desgrabe nota por nota, inimitable. Así, tanto en el noveno arte como en el jazz, la suma de los detalles, los fragmentos y las partes, son (aún) más que el todo y que su adición.

Sampayo espera

El lector de historietas lo sabe: Carlos Sampayo es uno de los grandes guionistas. Con Francisco Solano López hizo Evaristo. Y con José Muñoz, Alack Sinner. Hay más, claro, mucho más. Si el jazz moderno, que nace en los 40 con la transformación del standard (hasta ese momento eran canciones populares de musicales de Broadway) en vehículo para la improvisación, si el Bebop emergió como palimpsesto de lenguajes donde canciones como «I Got rythm» (de Gershwin) o «Cherokee» y Charlie Parker las convirtió en «Anthropology» y «Ko-ko», Alack Sinner también, como un jazzman moderno, nació de la materia del tiempo y de la intertextualidad. No sólo porque el detective privado envejece cronológicamente (los pómulos que se irán absorbiendo en esa rubicunda cabezota, los ojos extenuados de todo lo que vieron, convertidos en dos míseras líneas) sino porque también en sus desventuras, como el jazz a partir de los boppers, la intertextualidad lo acompaña. Así, pirandellescamente, pero de manera invertida (dos historietistas en búsqueda de su creación) aparecerán Muñoz y Sampayo en uno de los episodios de Sinner… buscando justamente inspiración. El summum de los puntos en común entre la obra de los dos historietistas y la polisemia del jazz llegará con Billie Holiday, gran obra firmada por ambos, en la que también se asomaba Alack Sinner como personaje secundario en la vida de la cantante.

En las casi 400 páginas de su nuevo libro, Discografía personal del jazz (1920 – 2011), y en colaboración con Jorge Freytag, Sampayo nos conduce por casi 900 reseñas de discos. Desde la «era del jazz» (los años 20) hasta el 2011, realiza un asombroso ejercicio de análisis, crítica y periodismo. No se trata de un vademécum jazzero, de una guía oficial del jazz con los discos clásicos (que aquí están, pero bajo una nueva mirada). Esto es más bien un canon «accidental» dividido por décadas, donde el autor escribe sobre los discos que se le antojan. Después de todo, credenciales le sobran al hombre que dirigió Maestros de jazz, una enciclopedia publicada en España, Francia e Italia, y que ha escrito en revistas como Cuadernos de jazz o Ajoblanco, y en los diarios españoles La vanguardia y El País.

Sampayo escribe

Ejemplo 1:

Escribe sobre The Complete Ella Fitzgerald songbooks: «Nadie en su sano juicio se colocaría en la situación de escuchar la totalidad de los 16 CDs. Quizás se necesite un tiempo imaginario, equivalente y proporcional al de su gestación y que traduzca un recorrido temporal, emocional y cultural y análogo al que discurre entre las composiciones. La adopción de ese ritmo es recomendable y prudente porque casi todas estas canciones hablan de amor, incluso cuando aparentan no hablar de nada; en interpretarlas Fitzgerald pone de si el sano encantamiento asexuado, el infantilismo sin malicia, pero fértil, que ha sido el secreto de su éxito. ‘Si no lo hago así, sino cuido de mi voz, a dónde iría con lo poco agraciada que soy’, solía decir, consciente de que los ángeles están exentos del sentimiento de culpa». El historiador Eric Hobsbawm, famosa y amargamente, escribió sobre Billie Holiday, que «es imposible no llorar por ella o no odiar el mundo que hizo de ella lo que fue». Pero lo que nos dice aquí Sampayo es menos amargo, acaso más tanguero: para beber del elixir de Fitzgerald tal vez sea necesario el paso del tiempo o, como escribió Cadícamo en «Nostalgias», emborrachar el corazón, ver caer las rosas muertas de la juventud y al fin poder brindar por los fracasos del amor. Pero brindar con Ella.

Ejemplo 2:

Al reseñar un disco de la nívea (pero oscura, nocturna y de culto) Blossom Dearie, escribe: «La voz de Blossom parece llegada desde ese momento de tránsito entre la infancia y la adolescencia en que comprendemos que el cuerpo puede servir para cosas aún desconocidas, con toda seguridad deliciosas». Y aquí Sampayo nos dice que el jazz, entre tantas bondades, también puede hablar la lengua de Henry Miller, de Georges Bataille o de Margarite Duras.

Ejemplo 3:

Crítica a Songs. The art of the trio, Vol. III del pianista Brad Mehldau: «Ligero y escueto, porque puede permitírselo, Mehldau lleva al oyente a una complicidad emocional de la que es difícil sustraerse en caso de no ser uno un témpano o alguien con la imbecilidad crecida a fuerza de luces de hipermercado o paseos por un centro comercial». Sampayo es bien claro.

Sampayo dice

La historieta es un oficio que no practico desde hace más de diez años. Pero trataré de contestar: siempre, en todas las circunstancias, mis guiones consistían en indicaciones de todo tipo, encuadres, punto de vista y hasta iluminación. Los diálogos eran lo último, una especie de aparte donde disfrutaba, me reía, lloraba y me peleaba conmigo mismo. Es importante recordar que trabajé con diferentes dibujantes y siempre escribí guiones pensando en ellos: las minuciosidades en Solano López, la explosión de sombras y luces en José Muñoz, la preeminencia del color en Oscar Zárate.

La literatura norteamericana es enorme y variada. De historieta conozco poco y mis preferidos son dibujantes que escriben sus propias historias, como Will Eisner o Robert Crumb, para hablar de dos estilos diferentes. Autores favoritos en literatura… bueno, es una pregunta de respuesta imposible. Puedo decir que en algún momento estuve atraído por Saul Bellow, Phillip Roth, Bernard Malamud, James Purdy, Dashiell Hammet y, yendo hacia atrás, Thomas Wolfe, Theodor Dreiser, Jack London, Ring Lardner... Es una lista quimérica y en tiempos modernos me llegaron con ímpetu Kurt Vonnegut, Paul Auster, Joyce Carol Oates, etcétera. John Connolly, que es irlandés, me gustó en un principio, pero después me aburrió. Lee Child (inglés de nacimiento) tiene un admirable libro de relatos, pero sus novelas intoxican con su ingenio sobre lo improbable. Pero, ¿quién soy yo para opinar sobre Child, de quien envidio éxito, dinero e inventiva?

No soy un crítico sino un escritor que trata temas de jazz, por lo tanto, no tengo que atenerme a lo correcto. El libro va por lo casual y, sobre todo, lo gozoso, en cuanto al poder de sorpresa. Hay también hoy una explosiva capacidad técnica en los músicos modernos. Y a todo subyace mi propio cansancio de caballero mayor de edad. Por otro lado, críticas de jazz no leo más, sí textos de discos, algunos brillantes. Viajando en el tiempo, para atrás, desde luego, Leonard Feather. André Hodeir, George Avakian. Y hasta las humoradas juveniles de Boris Vian. Escritores sobre jazz: Eric Hobsbawn, Ted Gioia, Frank Tirro, así, desparramados sobre la mesa. El escritor especializado vale cuando te hace descubrir algo, y sobre todo algo que en su momento pasó de largo.

Muchos músicos quedaron afuera, pero no es una provocación. Dollar Brand es muy bueno desde su periferia sufrida e imposible. Es otro de los pianistas «raros» que menciono por ahí, cuya escucha llena de incomodidad y agradecimiento, cuyo conocimiento termina por abrirte la cabeza. El jazz es una cuestión del espíritu y como tal termina estando en todas partes…. Pero también hay personas sin alma.

Sampayo responde

-Ahora la gente más que discotecas tiene vinotecas en su casa. Y me parece que las discotecas también son, o eran, para compartir. O como usted escribió en Nuevas aventuras del ladrón de discos: «Sin diálogo no hay jazz».

-Vinoteca es una buena idea y lo que voy a contarte no es un drama. Volví a Argentina en 2010, después de cuarenta años en Europa. Y no traje mi discoteca. Allá quedó. La verdad, sentí una especie de alivio y comprendí a Joachim Berendt cuando legó sus 70.000 discos porque ya habían cumplido su misión de alimentarle el alma. Mi colección empezó hace muchos años y pasó por todas las etapas del soporte, aún recuerdo mis primeros 78 rpm. Allá quedó. La música en el recuerdo, los objetos que la contienen también. Tampoco tengo esos boxes o cofres de jazz y cuando lo tenía no los abría. Spotify me es indiferente. Escucho CDs que me prestan y algunos esenciales que me han ido trayendo. Tengo mucha música en la memoria. Los boxes otorgan satisfacción al placer de la posesión. Del Ellington de 24 CDs lo que más me gusta son las imágenes. Ni siquiera tengo equipo de música ahora, todo eso quedó en el pasado. Tenía uno danés, altavoces ingleses y bandeja Rotel con plato de Cuarzo. Sonaba muy bien y producía envidia, sospecho que es el principal objetivo de esos aparatos. Hoy escucho con dos buenos parlantes de computadora. Suficiente.

-Sobre una colección de Armstrong usted escribe: «dándoles felicidad a la gente que entendía de jazz y la que no». Siento que combate esa idea tan difundida y haragana del tipo «la música no se explica… se siente». ¿No es mejor considerar al jazz un lenguaje, que mientras más se estudie, mayor será el deleite?

-Sí, estoy de acuerdo. Y hay que tener en cuenta muchos elementos, como contexto histórico, entrecruzamientos, relaciones de trabajo, procedencia, desplazamientos y interrelaciones estilísticas. Sí, se siente el jazz, pero explicado es más completo. Y si la explicación despierta la curiosidad ganamos por kO.

-«Los americanos son masoquistas: desprecian sus creaciones más originales». Lo dijo Clint Eastwood, refiriéndose al cine y al jazz, pero podríamos agregar, a la novela noir y a la historieta, ¿no?

-Es cultura popular, persiste mientras sea negocio, aunque mínimo. Los franceses se atribuyen la invención de la historieta, los alemanes también (Wilhelm Busch)

Sampayo tacha

Se dedicó toda tu vida a escribir y hacer guiones de historieta. ¿Nunca lo tentó hacer cine, que mezcla ambos lenguajes: la escritura (los diálogos) y el story-board?

Con respecto al arte de tapa de los discos, tan importante en el jazz: ¿A qué historietista le hubiera gustado ver en la portada de un álbum? El saxofonista John Zorn tiene algunas tapas con Spy VS Spy (el cásico de la revista Mad) muy buenas

Sampayo sentencia

No me gusta el rock.  Y, como dijo Monk: «el rock es jazz ignorante».

 

 

 

Nicolás Pichersky

Nicolás Pichersky

Periodista y conductor radial.

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