17 de mayo, 2021

Secretos ilustrados

La superstición ilustrada

La obra de Horacio Quiroga no sólo estuvo ligada a la época dorada de las revistas ilustradas de principio del siglo XX, también al mundo del dibujo y a sus creadores. El autor de esta nota expone, a partir del análisis de la correspondencia que mantuvo el narrador con dibujantes como el mítico José María Cao, la pasión que sentía el uruguayo por el proceso de publicación de sus relatos. 

La superstición ilustrada

Una revista ilustrada

Le debemos a Horacio Quiroga el conocimiento del aceitado mecanismo que operó entre escritores, ilustradores y editores de la revista ilustrada de las primeras décadas del siglo pasado. El narrador uruguayo (Salto, 1878) reveló esa «cocina» en algunos textos y, fundamentalmente, en su correspondencia publicada a partir de la década del 50.
En 1928, reflexionando sobre la época gloriosa del cuento en la revista ilustrada, decía en La crisis del cuento nacional: «Luis Pardo, entonces jefe de redacción de Caras y Caretas, fue quien exigió́ el cuento breve hasta un grado inaudito de severidad. El cuento no debía pasar entonces de una página, incluyendo la ilustración correspondiente». Quiroga, viejo colaborador de la revista, sabía de esas exigencias, al ser «una publicación moderna que cuida del efecto visual de sus páginas simples y dobles, de la distribución y tamaño de las ilustraciones, de la presentación, en suma». 
Esa clara conciencia entre palabra y dibujo habla también de la escritura de Quiroga: el autor no imaginaba sus cuentos sin los elementos gráficos que acompañaban a sus relatos: ilustración, tipografía y composición.

Una afición hasta el último día

Pero vayamos treinta años atrás, cuando Quiroga tenía veinte años. El 11 de setiembre de 1899 aparecía el primer número de la Revista del Salto: semanario de literatura y ciencias sociales, una efímera publicación (llegó hasta febrero de 1900) que Quiroga fundó, dirigió y de la que fue su principal redactor. En ese primer número, el director se disculpaba ante sus lectores de esta manera: «ADVERTENCIA – Se ha malogrado el propósito que teníamos de ofrecer algunas ilustraciones en el presente número de la REVISTA, a causa de imprevistos inconvenientes. Prometemos indemnizar esta falta en los sucesivos números».
Este interés del director por la ilustración continuó hasta el último día de su vida, literalmente. En efecto, el 19 de febrero de 1937, luego de almorzar con su hija Eglé y de despedirse de ella con efusión, pasó la tarde en la casa del escritor y artista plástico Julio Payró, antes de beber el cianuro. Un par de años después, sus primeros biógrafos Alberto Brignole y José María Delgado, autores de Vida y obra de Horacio Quiroga, contarían así la escena: «Payró está trabajando en una carátula para un libro de Alberto Gerchunoff y lo consulta sobre los colores a emplear. Quiroga se interesa mucho por este asunto. Eran problemas que siempre le fueron gratos. Propone tonos que Payró trata de conseguir mezclando los colores en su paleta».
No caben dudas, con estos dos ejemplos, de la afición constante de Quiroga por la ilustración, vinculada a una vocación por el arte plástico.

Narrativa ilustrada

Los cuentos, folletines y novelas de Quiroga aparecieron por primera vez en revistas y diarios de gran circulación en la época, acompañados en general por ilustraciones y, raramente, por fotografías. Uno de los elementos esenciales del masivo fenómeno de la prensa ilustrada (nacida en Europa en el siglo XIX, arribada rápidamente a América Latina, y consolidada a comienzos del siglo XX), era su cuidado arte gráfico. En este marco, los textos literarios se publicaban acompañados de ilustraciones de dibujantes que colaboraban en revistas como Caras y Caretas, Fray Mocho, El Hogar, Atlántida, P.B.T., Mundo Argentino, etc.  Cerca de treinta ilustradores trabajaron con textos de Quiroga, contándose europeos, argentinos y uruguayos. Quizás como homenaje, en 1911, Quiroga creó a un dibujante como personaje de su cuento «Muy caro: dos pesos».

Cartas que ilustran 

En la correspondencia de Quiroga aparece también su pasión por la ilustración permitiendo conocer los entretelones de las ilustraciones que acompañaron algunos de sus textos. Con quien más dialogó sobre estas cuestiones fue con el periodista y humorista Luis Pardo (1868-1934), su amigo y editor en Caras y Caretas y luego en Fray Mocho. Mayoritariamente enviada desde Misiones, esa jugosa correspondencia permite descubrir la gimnasia habitual de negociación de un autor con su editor.
En 1916, por ejemplo, Quiroga le adelantó a Pardo la intención de desarrollar una serie de narraciones para niños que luego formarían su célebre Cuentos de la Selva. En el envío postal adjuntaba el cuento «Los cocodrilos y la guerra» que luego se transformaría en «La guerra de los yacarés». Quiroga agregó: «Escribo hoy a Cao, invitándolo deferentemente a que quiera hacer una cuantas viñetitas para el cuento ese. Él lo hará muy bien» (7 de marzo de 1916).
Dos meses más tarde, el cuento fue publicado en tres páginas de Fray Mocho incluyendo doce viñetas de José María Cao (1862-1918), dibujante español llegado a Buenos Aires en 1886 y considerado unos de los «padres de la caricatura argentina». Quiroga se procuraba él mismo las ilustraciones para sus cuentos. Un procedimiento, sin embargo, que no era nuevo.
Así, por ejemplo, le dice a Pardo en septiembre de 1910: «En estos días irá cuento de una página. Se trata de una pandorga. Si uno de esos que dibujan ilustra desde ya un sujeto remontándola, con fondo de bosque, se gana tiempo». El cuento que apareció como «La pandorga divina», fue ilustrado por Juan Peláez (1881-1937), dibujante y paisajista español egresado de Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y destacado colaborador en los principales medios.

«Flacos de dibujantes»

Casi diez años antes Quiroga había realizado gestiones para que su primo, el historiador y abogado José María Fernández Saldaña (apodado Maitland), también de Salto y compañero en el Consistorio del Gay Saber en Montevideo, pudiera ingresar en Caras y Caretas como ilustrador. 
Desde Buenos Aires, le contó a su primo: «Cuando vengas, tráeme cosas tuyas, caricatura o ilustraciones. Sé que en CyC están flacos de dibujantes, (…)  teniendo tu facilidad para el ramo, podrías ocuparte de ilustrar los míos, con lo cual habríamos unido nuestros destinos a modo de soñar antiguo y consistorial» (7 de mayo de 1907). Maitland lo hizo y su ilustración causó «buena impresión» (25 de agosto 1907).
La secuencia continuó así: «Ayer hablé de tus asuntos en CyC. Me dieron 15 $ para ti, por la ilustración. Me han dicho que el precio varía –supongo que según les gusta el dibujo. Te piden también una página artística, sin decirme si en color o no, etc. tú sabrás lo que te convenga. A más, les dije que te enviaría cuento mío para que tú le ilustraras, y dijeron: puedes mandarlo, como en Consistorio. […]. En cuanto pesque asunto para el cuento, te envío su resumen para que ilustres. Creo que podrías y deberías dejar correr un poco la imaginación» (31 de agosto de 1907).


El asunto para el cuento llegó pronto. A los quince días Quiroga planteó el resumen de una narración basada en una probable experiencia de la época de sus estudios secundarios, cuando realizó una visita didáctica al Jardín Botánico y encontró un sapo en la calle que fue colocado por el director sobre las vías del tranvía para que fuera aplastado.  
El modelo de trabajo, como se deduce en la carta, consistía en que el escritor le adelantaba un resumen del cuento, con los aspectos más pasibles de ser ilustrados. Quiroga, además, le agrega sugerencias como en un storyboard: «Lo apuntado es lo más agarrable para un dibujero. Si tomas la escena de la vía, no te olvides ponerle al director yaqué y sombrero de paja. Aun podrías poner en gran primer término, de espaldas, el director y cuatro o cinco chicos, perpendiculares a la vía: por ahí el sapito y el tranway y en perspectiva derecha al ojo. En fin, lo que Dios te de a entender» (16 de septiembre 1907).
La publicación se demoró hasta enero. Así concluyó la saga Quiroga: «Habrás visto en Caras tus dibujos de `Recuerdos de un sapo`. Pareciéronme un poco grises» (6 de febrero de 1908). 
Antes de la publicación, Quiroga continuaba diciendo: «Vuelvo a aconsejarte te esfuerces todo lo posible en hacer buenas cosas, maguer tengas que trabajar como perro, y aunque llegara a parecerte que este trabajo merecería $100, no 15. Después de 4 o 5 buenas ilustraciones, haz lo que quieras: ya estás metido dentro» (1º de octubre).
A los quince días, sigue: «Llevé el dibujo del diálogo a Cao y le gustó. Me dijo así: `Digale que dibuje bien, y que le publicamos éstas cosas porque son una nota nueva en Caras y Caretas. El mozo tiene gusto, sus dibujos son de efecto bonito, pero que no se olvide de esto: que dibuje bien» (14 de octubre). 

Para ganar tiempo

Un día Quiroga le recuerda a Pardo un envío inusual: «Conjuntamente con artículo enviado últimamente, iban ilustraciones. No tienen nada de famosas pero acaso sirvan para ganar tiempo. En caso de que se publicaran póngales N.N.» (28 de julio de 1916). Estas traspapeladas colaboraciones habían aparecido ya el 28 de enero en el número 196 de la revista Fray Mocho, acompañando el cuento «Una bofetada». A los dos bajorrelieves de Quiroga, señalados como de N.N. según su indicación, se agregó un dibujo de Juan Hohmann (1880-1955), ilustrador, caricaturista y artista plástico nacido en Carmelo, destacándose en el retrato de temas del campo argentino.

Ilustración de Juan Hohmann para el cuento «Una bofetada».

Conocedor del papel creciente de la imagen en la modernidad, sabedor del lugar que tenían los dibujantes de sus cuentos en las revistas, hábil en la escultura y diestro en el dibujo, amigo de pintores e interesado siempre en el lugar que ocupará la ilustración en sus relatos, Quiroga fue un vivo testimonio del diálogo -siempre fecundo, e insoslayable-, entre la literatura y las artes plásticas.

Ilustración para «Recuerdos de un sapo» de Maitland (seudónimo de José María Fernández Saldaña).

Alejandro Ferrari

Alejandro Ferrari

Investigador, editor y docente.

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